Frío. Eso es lo que sentí cuando nos volvimos a ver aquel verano de 1992 luego de varios meses en que los cursos y obligaciones personales nos habían mantenido separados.

Yo iba con la misma curiosidad y ganas, acrecentadas esta vez por el recuerdo de las miradas compartidas y los desbordantes sentimientos que profesábamos silenciosamente desde que nos conocimos.

Ella seguía igual, deslumbrante como siempre, con la misma inocencia y candidez que me conquistó una soleada tarde de agosto.

Cuando finalmente nos cruzamos, lejos de entablar conversación y entre broma y broma contarnos todo lo que habíamos hecho, ni siquiera se detuvo. Su raudo saludo y su esquiva mirada lo dijo todo: las cosas habían cambiado.

Aquella tarde, en pleno verano, sentí el invierno a mi alrededor. Sentí congelarme por dentro. La vida seguiría su curso, y yo ya no ocuparía el lugar de siempre en sus pensamientos.

Y mientras se alejaba de mi lado, sin tan siquiera regalarme un poco de esa brillante luz que solían despedir sus ojos verdes, la llama que habitaba dentro se extinguía mientras el walkman, curiosamente, empezaba a tocar esta canción.

Después de eso y hasta el día de hoy, no la he vuelto a ver.

Winter” de Love and Money, un excelente fondo musical que esta noche ha tenido la osadía de traer de vuelta un pasaje de mi accidentada existencia.

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