The Rave-on-ettes Live in Lido / Berlin

Después de un grado medio de gripe y costipado, aún con un poco de congestión, no puedo faltar al concierto que The Raveonettes dan en Berlin. ¿Qué mejor plan para un lunes?
Situado en Schelisches Strasse esquina Cuvry Strasse, Lido es un local Young and Beautiful (tema de The Raveonettes, que no tocaron, pero que es excepcional)
Desde fuera pasa totalmente desapercibido, de aspecto viejo y simple, parece estar abandonado. Pero cuando entras, te das cuenta que no acertaste con nada de lo que imaginaste.
Dispone de un pequeño hall donde el portero te pedirá la entrada y te mirará el bolso. La segunda fase es otro pequeño hall de donde se disponen las salas: la pista de baile propiamente dicha con su escenario, y una gran sala donde hay asientos de finales de los 70, como unos 50 o 60; un futbolín grande y bien cuidado, y una barra tan larga como uno de los laterales de la habitación.
Forrada como si de una carpa de circo se tratase y donde predominan los tonos rojos y granates, aquí puedes escuchar música, beberte una cerveza, sentarte y charlar, jugar un futbolín, bailar….
De aquí me dirijo al baño antes de que empiece el concierto. El de caballeros está en la misma planta, pero para el de señoras has de subir unas escaleras. Ya abajo, veo que las paredes están repletas de de carteles de conciertos, de giras, de nuevos álbumes…pero según empiezo a subir las escaleras, los carteles siguen, por todas las paredes.
Llego al baño de señoras: allí lo que hay son algunos carteles más, pero lo que predomina son las pegatinas por la madera de las puertas, los azulejos, y bordeando los espejos, además de las clásicas pintadas.
Cuando bajo, ya me dirijo a la sala de conciertos para coger un buen sitio. No hay mucha gente aún, y la mayoría están sentados en los laterales tomándose una cerveza. Yo también me siento y miro a mi alrededor: no es una sala muy grande, pero encantadora, y rápido me doy cuenta de que es genial para un grupo como The Raveonettes.
Miro cómo terminan de montar las cosas en el pequeño escenario, y de repente me fijo en la batería y en el tambor leo: Expatriate. ¡No me lo puedo creer! exclamo, aquellos teloneros de Placebo que hace un par de semanas no me habían gustado nada en el Berlin Arena, ahora telonean a The Raveonettes. En ese momento pensé algo así como “pff” .
Cuando la sala aún estaba a medio llenar, Expatriate empiezan con los primeros acordes: un intro guitarrero que me gusta ahora más que la primera vez. En general su actuación me gustó más que en el Arena. Y me doy cuenta de por qué siguen en Berlin, es que dicen que viven aquí.
Lo que más me gusta de ellos es el bajista: su pose, su actitud, como de rockero total pero sin parecer pretencioso. Es expresivo, toca descalzo, y se le ve bastante sexy también.
El escenario del Lido está a más o menos medio metro del suelo, y no existe ningún tipo de separación entre éste y lo que es la pista, es decir, nosotros, el público. Por lo tanto, si estás en primera fila, has de mirar al artista en picado, hacia arriba.
Así, los Expatriate, al terminar sacaron el equipo del escenario por aquí, por la parte delantera.
El equipo de The Raveonettes parece bastante sencillo: un par de micrófonos, unas guitarras y una batería. Dado el espacio reducido, en el Lido el toque final lo dan los focos, los colores, sus disposiciones y el juego que dan el técnico de luces.
Llega el momento en que sabes que van a salir, y allí salen Sune Rose Wagner y Sharin Foo, acompañados de otro guitarra y un batería. Él con camiseta a rayas horizontales blancas y negras, ella con vestido baby doll negro con las hombreras marcadas.
De su aspecto inicial me encantan sus peinados: él con sus rizos un poco al estilo Tim Burton, pero no tan excéntrico, y ella una marcada media melena platino con un flequillo que le roza las cejas, parece una muñeca.
No hace mucho que empecé a escucharlos en serio, pero es una de esas bandas que sabes has de ver al menos una vez en tu vida en directo, por eso no lo dudé ni un minuto cuando vi la fecha del directo en Berlin.
Cualquiera de sus temas, por difícil que parezca, son mejores en directo. No es sólo el encanto que el propio live tiene en sí mismo, es otra cosa. Te das cuenta de la sincronía de sus voces, de lo similares que son, de lo perfectas que suenan juntas, en una simbiosis pasmosa, se hacen una sola.
Es curioso cómo las voces se fusionan en una, mientras diferencias claramente cada guitarra y el bajo. Esto, y esas letras tan cargadas de energía a las son tan fieles , no hacen otra cosa que hipnotizarte.
Simplemente así, de esta manera casi intimista, con el juego de luces, la pasión de Sune Rose al cantar y la firmeza de Sharin, de frente, con la guitarra, te seduce sin apenas darte cuenta.
A pesar de que me pareció un concierto corto, de apenas hora y media, me fascinó el esquema de los temas.
No sé muy bien cómo explicarlo… es bien sabido el estilo de The Raveonettes, su indie más íntimo y claro, y su pop-rock más impulsivo que te anima a mover todas las partes de tu cuerpo. Pues de esta manera lo hicieron, tal y como a mí me gusta, una armonía del orden con “Bang”, “Break Up Girls”, “Lust”, “Last Dance,” “Suicide”, “Black/White”, “Love in a Trashcan”…
Te das cuenta, porque estás allí, lo ves, lo vives, lo sientes, lo percibes a cada segundo. Pocas veces me había fijado expresamente en esto, o quizá es que pocas veces de verdad había antes pensado que el orden funciona, le dieron el máximo sentido a cada uno de los temas, por separado y como conjunto.
Quizá es que pocas veces antes, de verdad una lista de tracks en un concierto había estado tan bien elegida. Por ejemplo, Cuando hicieron la primera intentona de “nos vamos” y no paramos de aplaudir durante 3 minutos hasta que aparecieron de nuevo, tocaron el “Last Dance” exactamente en el momento que debieron hacerlo, ahí mismo.
De esta manera, intercalaron momentos en los que tanto él (mientras ella se sienta en el suelo a tocar la guitarra) como ella, cantan en solitario una balada, sin mayor acompañamiento que la propia guitarra, con momentos donde el público bailábamos unos con otros mientras no parábamos de sonreír.
Es como poesía, para los oídos y para la vista.
Como bien he dicho, el concierto fue corto: en poco menos de hora y media se despiden de verdad.

Entonces, nos vamos yendo.
Antes de salir, pienso que voy a volver al baño. Y menos mal que lo hice: de camino, me encuentro a Sharin, ella misma tras el mostrador del merchandaising, atendiendo a la gente, enseñándoles las tallas de las camisetas, hablando con ellos, vendiendo bolsos, tazas, chapas…
No habían pasado ni diez minutos desde que había terminado el concierto, y ella se había colocado allí directamente, otra vez a disposición de todos los que habíamos disfrutado de su música.
¿No es genial? Así lo pensé yo, lo mismo que durante todo el concierto.
Kitchena Fact, NadaBueno.com
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